Mi Afición a Leer y Escribir de cosas Interesantes a tonterías

He escuchado historias acerca de hermosas colecciones de libros, puestas a la vista de todos los presentes para inspirar envidia, reconocimiento e incluso autoridad, historias que terminan inesperadamente cuando algún atrevido osa tomar uno de los libros para, al comienzo, descubrir que el libro es más liviano de lo que debería y al abrirlo, comprobar que es una cubierta de cuero, con letras doradas cubriendo un pedazo de icopor / polietileno. No sé si sea esta la más triste o si gane la competencia de patetismo, aquella leyenda urbana que cuenta los narcotraficantes compran bibliotecas por metro lineal y cuadrado, porque todo se puede comprar, incluso la apariencia de intelectualidad, al fin y al cabo las personas con quienes andan no están junto a ellos para disfrutar de tertulias filosóficas o artísticas sino para otros menesteres, así, lo importante no es ser sino aparentar todo aquello que la plata es capaz de comprar.

Es inevitable, quienes sentimos atracción genuina por los libros somos parias que no entendemos la acumulación de material de lectura, para lucir educado e interesante. Los amantes de la lectura también somos, como las cucarachas, capaces de adaptarnos a nuevas tecnologías - por ejemplo el libro electrónico - para satisfacer nuestra necesidad de reflexión. Los aficionados a los libros, más conocidos como lectores, tenemos gran resistencia a las miradas de extrañeza que nos lanzan ojos hipnotizables con telenovelas, ritmos endemoniadamente repetitivos y películas de hermosa fotografía pero pobre argumento.

Como lectora recurrente me reconozco en la minoría, me gusta enfrentarme a esos objetos que producen tanta desconfianza, a esos monstruos capaces de absorberme durante horas con la sutileza de una mariposa, poseedores de pociones mágicas de efectos duraderos que me marean y amasan mi cerebro a su voluntad.

Hace años estoy en un camino que no tiene vuelta atrás, uno que comenzó cuando experimenté la sensación de poder personal al dirigir mi imaginación a donde quería, al descubrir a esos amigos que me esperaban pacientemente hasta que llegaba el momento de abrir sus puertas para contarme todos sus secretos, esos que no tienen comerciales y que no deben ser programados previamente para evitar perder un poco de su contenido, aquellas piezas de tecnología, hoy ya casi obsoleta, que me enseñaron las posibilidades de las lágrimas y la risa. Esos monstruos de mil y más letras son hoy parte de mí, parte de mi construcción como persona, son dulces mascotas que acaricio como a un dragón amigo en quien confío pero a quien no quiero domesticar, porque el conocimiento debe ser reactivo para transformar a quien de el se alimenta.

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