Si,
tienes razón, la vida sería tremendamente imposible
si todo se recordase al pie de la l-e-t-r-a. El secreto, al parecer, está en
saber elegir lo que debe olvidarse, aquello de lo que hay que pasar página sin
mirar atrás y con carrerilla, lo que pesa más de lo que debería y se pavonea de
que así sea. Lo que llena la mochila en nuestra espalda y nos clava las correas
a mansalva. Eso, eso se llama mierda emocional; y yo, que suelo tener tendencia
al coleccionismo desmedido, tengo un nombre: Cevallos emocional. Y es así, así
de cíclico. Así de injusto y así de adorable. Así de jodido y así de
entrañable. Así de memorable y así de olvidadizo. Así de bipolar y así de frío.
La gente se compadece, te mira por dentro con lupa y se calza al abrigo
pensando que estás perdida entre tanto flash back interno y que no tienes
solución alguna en este mundo de titanes y cirugía estética emocional. Lo mejor
de todo es aguardar. Lo mejor de todo es no arrepentirse y tocar los recuerdos
con guantes de terciopelo, por si se rallan o estropean. Quizás uno pueda
pensar que con treinta y un años los recuerdos son escasos, y que con cincuenta
(que no lo dudo) serán muchos más, más bellos y más dolorosos. De comparaciones
hablo. Pero lo cierto es que por desgracia, y le miro a los ojos a esa palabra,
hace algún tiempo pasé por una pérdida de las que te llegan a empujones por las
escaleras, de las que vienen con el café de la tarde y sin previo aviso. De ese
día solo recuerdo la tila en taza blanca, el sofá con fundas blancas, mucha
gente que sobraba y mucha soledad sudada. Ese día me sobraban hasta los ojos y
la identidad. Los flash backs de ese momento suelen reiterarse cada vez que
escucho o veo determinadas cosas que en un pasado fueron compartidas; y ojo como me pille la soledad en un callejón sin
salida... que me desvalija por dentro y me desempolva los recuerdos al vacío.
Esos que aún duelen más, esos que aún se olvidan menos. Pero ese es otro tema y
para ese aún no estoy remendada para escribirlo a mis anchas; así que dejémoslo.
Esos recuerdos no son malas hierbas, ¿sabes
que creo que constituyen?
Las canas del corazón. Y si las
arrancas te salen tres más, ya sabes la leyenda PeterPanesca... y si las tiñes
quedas de bote, y tonta.
Hoy tengo tu recuerdo, que vale más
que tú. Y sin embargo, volteo la cabeza, miro mi mochila y me digo "¡Que bien! En el bolsillo interior aún
me queda sitio".
"Sitio para qué", podrás preguntarte.
Sitio para vivir dos veces.

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