Cuando era niña ya sentía que
ser mujer no era tan halagador. No era cómodo, sencillamente. Ser hombre me
parecía liberador, refrescante, fácil, y por demás envidiable esa seguridad de
ser bienvenido por el solo hecho de nacer. Cuando miraba a mi hermano en ese
tiempo no pude sino corroborar que en mi próxima vida, si es que la había, yo
quería ser él, quintaesencia de guapura, gracia, talento, carisma. Eran tan
pocas las herramientas que entonces tenía para sentirme igualmente privilegiada
por la naturaleza que me quedó grande vivir mi vida en ese tiempo. Me caí con
el mayor estrépito, pero con la íntima determinación de encontrar en mí misma
aquello que hace realmente fascinante y portentoso ser mujer. Es increíble cómo
la desventajosa comparación de aquellas épocas se me quedó prendida como una
lapa en mi autoestima de una forma tan inconsciente. No fue sencillo ir
apropiándome del apasionante misterio que envuelve “el hecho femenino”,
asumiendo también el erotismo como su epíteto incontestable, su marca de fuego
y foco de innegable poder. Qué bueno ha sido empezar a disfrutar el efecto
explosivo de la feminidad asumida con delicia y simpatía, sin consignas ni
pancartas, porque ser mujer hoy en día puede convertirse en algo muy aparatoso
si no se tiene aunque sea un segundo de esta epifanía. Si no fuera por esto,
seguiría prefiriendo ser feo que fea, viejo que vieja y gordo que gorda.
Además, el terreno ganado me ha enseñado que ser hombre no es tan simple como
yo pensaba, pues este requiere de un alto nivel de inteligencia emocional para
no dejarse enredar sin desentenderse del juego planteado por una mujer de
grandes ligas. A mí, francamente, me daría pavor ser hombre en estos tiempos en
que cada vez se hace sentir más nuestro infinito potencial como individuos. Yo
sería de esos que se intimidarían ante la mujer demasiado deseada. Fuera de
eso, qué susto la famosa disociación de voluntades entre el órgano sexual
masculino y su dueño… ¡me ocurriría lo peor! Tendría que recorrer el mismo
camino a la inversa, en este caso, para descubrir el poder de mi masculinidad
aplicándola sin contemplaciones, no vaya a ser que no sobreviva a la avalancha
de mujeres en esta aplastante reivindicación.