Una historia que no es la mia



Cuando cantaba a todo pulmón en el colegio: ni se compra ni se vende, no me imaginaba lo importante de esa consigna que con ingenuidad repetía. Resulta que a los ojos de varios hombres no solamente somos mujeres sino artículos de compra-venta. No, no es una práctica erradicada. No hay que ser guajira para que quieran cambiarlo a uno por chivos. Hace unos meses, una amiga que trabaja como esteticista en una peluquería recibió a un cliente árabe, no era la primera vez que el hombre visitaba el establecimiento pues es dueño de un restaurante que queda a pocas cuadras. El árabe le pidió unos masajes que ella, de manera muy profesional le ofreció, hasta que el tipo se le insinuó grotescamente.
Le ofreció a la susodicha una mejor vida, llena de riquezas, viajes y lujos a los que –según él- ella no podría acceder. Mi amiga asqueada e indignada le recordó que era una mujer casada y que no estaba buscando ni novio, ni marido, ni financiador. El hombre, entonces, fue directo y le dijo que en ese caso quería hablar con su marido, para negociarla con él por algunas vacas. De hombre a hombre.
Mi amiga se ríe ahora contando el cuento. En su momento no le pareció nada chistoso. Ni a su marido tampoco.

Caballeros árabes, judíos, gringos, alemanes, de cualquier nacionalidad, no generalicen. Lamento decirles que no todo se compra en este mundo: me atrevo a decir que en la mayoría de los casos, la mujer, como el cariño verdadero, ni se compra, ni se vende.
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