¿Por qué escribo o para qué?

¿Por qué escribo o para qué? Creo que escribo porque no me gusta hacer otra cosa, a decir verdad, no me da la santísima gana de hacer otra cosa. Escribir y leer son pasiones que a veces pueden ser terribles, claro, ésta es mi opinión. En mi caso es terrible porque tengo que compartirlas con la fregadera de platos que, pareciera se reproducen solos en el fregador. Atender el teléfono cincuenta veces diarias (sí, esta casa parece una oficina de empleo todo el mundo llama). Hay que trabajar, a juro y porque sí, y, por si fuera poco limpiar la casa. Todas esas obligaciones tan domésticas, tan mansitas, tan comunes, resultan devastadoras cuando se tiene un proyecto literario, es peor cuando ese proyecto ya tiene nombre y forma. Es peor porque ya ese proyecto está dando sus primeros pinitos, y hay que dejarlo solo para abrir la puerta y calarse a las señoras del condominio, a los testigos de Jehovah, o, a los vendedores de chancletas. Entonces, la rabia se transforma en depre, y a los días en frustración, y después en algo peor: en silencio, en largos lapsos en que no se acierta con ninguna idea, es como si de pronto la mente o lo que sea, quedara vaciada de palabras y ya no hay nada que decir, no hay nada que escribir, y la angustia empieza a tejer su nido en el pecho y en las manos que no son capaces de escribir un carajo.    

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