
Tranquila, no tienes que hacer nada para tener el cuerpo de Halle Berry
¡Mentira!!! Los gimnasios solo aparecen en estas películas a veces, cuando la protagonista está teniendo una charla divertida con su mejor amiga. Ninguna de las dos suda, y se bajan de la elíptica rápido. Pero todas tienen culos firmes, cinturas perfectas y panzas planas.
Claro, tampoco hacen dieta, porque en las citas con sus galanes siempre van a partidos de básquet o béisbol en los que toman cerveza como condenadas y comen hamburguesas gigantes con doble ración de papas fritas.
La vida real me ha demostrado que nada de esto es verdad. Tener un muslo que no se mueva como gelatina en cada paso cuesta horas de ejercicio, una panza sin ese rollo en la parte baja que ha dejado decenas de años de jeans es imposible de lograr y la cintura no siempre existe, a no ser que te fajes como Tuntankamón en su tumba.
Si te levantas tarde para el trabajo, te pones el jean que está en el piso, te sacudes el pelo y ¡estás lista!
No seamos imbéciles. Solo en una película es posible que alguien que se fue de fiesta por la noche, bailó y tiró, se levante y sin el menor atisbo de fealdad y sudor, recoja su jean del piso (quien sabe dónde quedaron los calzones), se ponga su camiseta de afán (como que también se le olvidó el “bra”), se medio bata el pelo y salga corriendo hacia el trabajo con los tacones en la mano. ¡Y luego trabaje todo el día! Pocos saben todo lo que yo tengo que hacer para verme como una diosa por las mañanas, y es mucho más que batirme el pelo. Mucho más.
El extremadamente rico se puede enamorar de una asalariada que prefiere las chimichangas a los escargots???
Todos los hombres son churros. Los que no, son muy graciosos
Según Hollywood y Studio Canal, las calles del mundo están llenas de hombres guapísimos, sensibles, con buenas costumbres y listos para el amor, por lo que uno no entiende cómo víboras insensibles les rompen el corazón. Pero basta con salir a la calle real (no a la matrix que se inventan los estudios) para darse cuenta que no hay tal sobrepoblación.
Dos ejemplos de cómo los feos son churros en Hollywood son Felipe, el esposo brasilero de Elizabeth Gilbert (‘Eat, pray, love’), quien es en realidad un señor muy adulto con una fealdad promedio, pero en la película es representado por el papacito Javier Bardem. Y Eduardo Saverin, quien en la vida real se parece más a Borat que a Andrew Garfield, quien hace de él en ‘La Red Social’.
Bueno, y a favor de Borat (no de Sacha Baron Cohen) puedo decir que los feos en Hollywood siempre son súper chistosos y/o buenas papas. Pero nadie, nadie, es feo y cretino a la vez, como sí pasa en la vida real, y puedo dar fe de ello.
El extremadamente rico se puede enamorar de una asalariada que prefiere las chimichangas a los escargots
Este mito de príncipe-plebeya alimentado recientemente por Felipe, Letizia, Kate y William, tiene que estar en el conteo, pero no porque yo crea en él, sino para complacer a muchas lectoras a las que sí se les arrugó un poquito el corazón cuando supieron del compromiso del futuro rey de Inglaterra. Una vez en la fila de una librería oí a una costeña, que tenía en su mano la Jet-Set con los novios en la portada, decirle a su amiga “ay, se me casó mi príncipe”, y parecía hablar en serio porque ninguna se rió, sino que hicieron gestos y sonidos de lamento.
Pues bien, a todas ustedes les digo: “las chick flicks se les cagaron la vida”. Es que este mito inspirado en ‘Maid in Manhattan’ y las novelas tipo ‘Maria la del Barrio’ es el peor de todos de este listado. Ay, si claro, Alejandro Santodomingo va a dejar a sus novias supermodelos por mi.
O aún más romántico, por una vendedora de pescados de Salgar. Y aunque no sea políticamente correcto decirlo: yo no podría meterme con un Santodomingo, pero tampoco con un ex alumno del Inem de Kennedy, simplemente porque con ninguno tendría muchas cosas en común.
Ese delirio de cenicienta que busca a su príncipe azul en los bancos de Suiza es arribista e insensato. Al final de las historias de príncipe con plebeya las diferencias salen a relucir, así es la vida. ¿Cómo sería la segunda parte de ‘Maid in Manhattan’? ¿JLo y Ralph de qué hablarían?, ¿dónde pasarían Navidad y año nuevo?, ¿ella le cantaría rancheras y él las musicalizaría con una sonata de Verdi?
Así como yo no puedo con los bachateros, no creo que un amante de la música clásica pueda con mis gustos musicales (como para solo citar un caso y no hablar de libros, cine, comida, planes y de todo lo real): el tibio de fulard le diría a sus amigos, “Susana es muy básica, prefiere estar gritando con un grupo barato y popular llamado dizque Phoenix y no apreciar la obra lírica de Rameau, qué ignorancia”. Peras con peras y manzanas con manzanas, mis amigas.
A pesar de todo ello, le doy gracias al cielo por las chick flicks, sin ellas nuestra vidas serían aburridas y reales. No soñaríamos ni esperaríamos algo mejor del mundo, aunque a veces tengamos que aterrizar y hacer llamados a la cordura. Dicho esto, me voy a ver por enésima vez ‘sweet november’, a llorar de amor y a soñar que, si un día me ataca un linfoma, tenga a Keanu para que me jure amor eterno.
Los hombres enamorados son creativos y románticos
Nelson Moss le llevó a la moribunda Sara Deever doce regalos de navidad adelantada y le rogó que lo dejara cuidarla en su agonía cancerosa en ‘Sweet November’; Jamie Bennett aprendió portugués y le fue a pedir matrimonio a la Bonita Aurelia en ‘Love Actually’; Hitch llevó a Sara Melas a la isla por la que entró su tata-tatarabuelo a Estados Unidos; y Benjamin Barry persiguió en moto a Andie Anderson cuando ella iba en taxi rumbo al aeropuerto, para pedirle que no lo dejara en ‘How to lose a guy in 10 days’.
Si nos atenemos a estas y a otro millar de escenas de chick flicks, el amor sería romántico y los hombres serían todos seres sensibles dispuestos a hacer bellezas por amor. Pues no se si es que me haya encontrado solo con hombres insensibles y básicos, pero nadie ha hecho esto, ni mucho menos, por mi. Igual sigo esperando al que lo haga, por que las chick flicks me han dañado la cabeza.
Si estás deprimida, agarra tu maleta y atraviesa el océano
¡Ay! qué rico sería ser Kate Winslet y decir si estoy triste: “este cretino se va a casar, voy a chatear con Cameron Díaz para que me deje su mansión en Los Angeles, tomo un avión y cruzo el océano para desentuzarme. Además viajaré solo con un morral, pero tendré ropa para un mes, con tres vestidos de gala negros, dos rojos, ocho vestidos de baño, dos jeans, plancha para el pelo, tenis, botas guerreras, tacones, cremas, maquillaje y cámara”.
No, los viajes de las chick flicks son una mentira. Si yo quiero irme para Londres, tengo que liberar el cupo de mis tarjetas de crédito, rogar en una embajada para que me de la visa, acumular vacaciones, y para cuando lo logre, el man ya se habrá casado y tendrá dos hijos.
Nelson Moss le llevó a la moribunda Sara Deever doce regalos de navidad adelantada y le rogó que lo dejara cuidarla en su agonía cancerosa en ‘Sweet November’; Jamie Bennett aprendió portugués y le fue a pedir matrimonio a la Bonita Aurelia en ‘Love Actually’; Hitch llevó a Sara Melas a la isla por la que entró su tata-tatarabuelo a Estados Unidos; y Benjamin Barry persiguió en moto a Andie Anderson cuando ella iba en taxi rumbo al aeropuerto, para pedirle que no lo dejara en ‘How to lose a guy in 10 days’.
Si nos atenemos a estas y a otro millar de escenas de chick flicks, el amor sería romántico y los hombres serían todos seres sensibles dispuestos a hacer bellezas por amor. Pues no se si es que me haya encontrado solo con hombres insensibles y básicos, pero nadie ha hecho esto, ni mucho menos, por mi. Igual sigo esperando al que lo haga, por que las chick flicks me han dañado la cabeza.
Si estás deprimida, agarra tu maleta y atraviesa el océano
¡Ay! qué rico sería ser Kate Winslet y decir si estoy triste: “este cretino se va a casar, voy a chatear con Cameron Díaz para que me deje su mansión en Los Angeles, tomo un avión y cruzo el océano para desentuzarme. Además viajaré solo con un morral, pero tendré ropa para un mes, con tres vestidos de gala negros, dos rojos, ocho vestidos de baño, dos jeans, plancha para el pelo, tenis, botas guerreras, tacones, cremas, maquillaje y cámara”.
No, los viajes de las chick flicks son una mentira. Si yo quiero irme para Londres, tengo que liberar el cupo de mis tarjetas de crédito, rogar en una embajada para que me de la visa, acumular vacaciones, y para cuando lo logre, el man ya se habrá casado y tendrá dos hijos.
¡Que vivan las chick flicks que se nos cagaron la vida
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